¿Se puede pactar con el demonio?

La leyenda del pacto con el diablo presupone que el alma es un bien negociable, y que de hecho puede venderse a cambio de favores, como éxito, dinero, fama, amor, conocimiento y poder. No obstante, también se define como una forma de adoración o reconocimiento, un acto que se realiza sin solicitar prebendas a cambio.

La historia del pacto con el diablo o pacto satánico es algo más que una simple tradición. Es, de hecho, una leyenda que nos lleva a las fronteras del mito y los arquetipos. Su pasado es tan extenso y prolífico que incluso se ha ganado un lugar en el catálogo tipológico Aarne-Thompson, bajo la categoría AT 756B, es decir, contrato con el demonio.

(El sistema Aarne-Thompson-Uther o ATU, conocido anteriormente como Aarne-Thompson, es un sistema de clasificación de fábulas y cuentos de hadas. Su primera edición fue obra del folclorista finlandés Antti Aarne, publicado en 1910. En 1928 el folclorista estadounidense Stith Thompson lo amplió y completó, por lo que pasó a llamarse Aarne-Thompson (AT o AaTh) en su versión posterior de 1961. En 2004 el alemán Hans-Jörg Uther ha continuado el trabajo, por lo que se le ha dado su nombre actual).

La leyenda del pacto con el diablo presupone que el alma es un bien negociable, y que de hecho puede venderse a cambio de favores, como éxito, dinero, fama, amor, conocimiento y poder. No obstante, también se define como una forma de adoración o reconocimiento, un acto que se realiza sin solicitar prebendas a cambio.

Existen dos finales invariables para todas las leyendas de pactos satánicos. La primera es la condenación eterna del «vendedor» por haber cometido semejante blasfemia. La segunda detalla la victoria del hereje que se redime apelando a giros contractuales que dejan muy mal parado al demonio.

Un caso paradigmático es el cuento medieval del arquitecto que acuerda con el diablo la construcción de un puente a cambio del alma del primero que lo cruce. El diablo lo construye sin demoras, y el arquitecto hace cruzar primero a un gato, engañando de este modo al señor de las tinieblas, al parecer muy poco preocupado por la letra chica de los contratos que firma.

La génesis del pacto con el diablo tiene sus raíces en el paganismo, y en especial en la ofrenda y sacrificio que se realizaba a los dioses a cambio de favores y giros venturosos. Con la llegada el cristianismo los dioses desaparecieron, o bien fueron paulatinamente asimilados por santos locales, pero no así la costumbre de realizar sacrificios, simbólicos o concretos. El único oyente para estos reclamos mundanos fue el diablo, capaz de acudir a su llamado con la urgencia de las viejas deidades paganas.

Un caso medieval clásico de pacto satánico es protagonizado por el clérigo Teófilo, enemistado con el obispo local, lo cual estancó su carrera al punto de llevarlo realizar un pacto con el diablo para avanzar en la iglesia. Teófilo vende su alma al diablo, pero es rescatado por la intervención directa de la Virgen María.

En la mitología cristiana, Teófilo de Adana o Teófilo el Penitente (Teófilo: «amigo de Dios» o «querido por Dios») era un clérigo infeliz y desesperado por el poco éxito de su carrera mundana debido a la enemistad de su obispo.

Teófilo vende su alma al diablo para triunfar, pero es redimido por la Virgen María. Esta historia aparece ya en una versión griega del siglo VI escrita por un tal «Eutychianus«, que asegura haber sido testigo directo de los hechos.

En el siglo IX, la historia aparece en un texto cristiano llamado Miraculum Sancte Marie de Theophilo penitente; este texto ya introduce la figura de un judío como mediador en el pacto con diabolus, su patrón. Se apunta así el libelo de sangre contra los judíos.

En el siglo X, la monja poetisa Hroswitha de Gandersheim adaptó este texto para un poema narrativo que elabora sobre la bondad intrínseca del cristiano Teófilo e internaliza las fuerzas del Bien y del Mal. Así, atribuyendo al judío el carácter de mago y nigromante. Según su modelo, la Virgen devuelve a Teófilo el contrato maléfico para que se lo enseñe a su congregación, muriendo poco después.

Gautier de Coincy (1177/8 – 1236) escribió un largo poema al respecto titulado Comment Theophilus vint a pénitence. Este texto sirvió de base para una obra teatral de Rutebeuf, Le Miracle de Théophile (siglo XIII) donde Teófilo desempeña un papel central, con la Virgen y el Obispo en el lado del Bien y el judío y el diablo, en el lado maligno.

En la tradición literaria hispánica aparece en el vigesimoquinto y último de los Milagros de Nuestra Señora de Gonzalo de Berceo, y en la tercera de las Cantigas de Santa María de Alfonso X el Sabio.

La naturaleza del pacto con el diablo se fue haciendo más y más compleja. El pacto en sí mismo pasó a ser una mera formalidad contractual. El diablo a menudo solicitaba algo más que almas ya corruptas, por ejemplo, la consagración bautismal de los recién nacidos. También se suponía que alguien que había pactado con Satanás debía asistir regularmente a sus reuniones clandestinas, llamadas aquelarres y sabbats; donde se realizaban complejos rituales amorosos con la intervención de súcubos, íncubos, demonios y funcionarios públicos.

Curiosamente, los mismos crímenes y abominaciones que el cristianismo adosó a los concilios paganos coinciden perfectamente con los delitos que los romanos incriminaron a los primeros cristianos durante el siglo II d.C; esto es: fiestas y sacrificios donde se efectuaban encuentros sensuales ilegítimos y poco convencionales.

El pacto con el diablo podía ser tanto oral como escrito. El primero se concretaba mediante invocaciones y complejos ritos. Una vez que el diablo se hacía presente, el mago o nigromante le solicitaba un favor determinado a cambio de su alma. Si bien el contrato oral no dejaba evidencias archivables, el diablo se aseguraba del cumplimiento mediante una marca oculta en la piel, casi siempre en las nalgas o detrás de la oreja. Estas marcas eran cubiertas con cicatrices, lunares, pecas y pequeñas manchas, lo cual volvía culpable a prácticamente cualquiera que cayera bajo las garras de la inquisición.

El pacto escrito excluía las marcas físicas pero requería de un contrato físico firmado por el oficiante y el o los demonios intervinientes. En general se utilizaba sangre a modo de tinta. El diablo no se quedaba con una copia del contrato, sino que hacía firmar a su devoto en un grueso volumen llamado el Libro Rojo de Satán.

Además del conocidísimo Fausto, inmortalizado por Marlowe y Goethe; otros personajes célebres fueron acusados de que su talento provenía de un pacto con el diablo, entre ellos, Giuseppe Tartini (1692-1770), Niccolò Paganini (1782-1840), Robert Johnson (1911-1938) (Tres músicos que vendieron su alma al diablo)

Fausto y el demonio Mefistófeles
Niccolò Paganini y el demonio que le otorga el celebre don para tocar el violin…

Algunos sostienen que el pacto satánico ha caído en desuso durante el último siglo. En definitiva, la gente vende su alma espontáneamente a cambio de ambiciones que no requieren la intervención demoníaca. Ya no hay marcas ni pergaminos firmados con sangre. En cambio, existen acuerdos intangibles que se formulan día a día en base a decisiones aparentemente banales.

El pactar con el demonio en el cine

1987 | Angel Heart | Alan Parker
1997 | The Devil’s Advocate | Taylor Hackford

La pregunta final es: ¿Se puede pactar con el demonio?

Según el teólogo y exorcista español, el padre José Antonio Fortea, en la «Cuestión 31» de su Summa Daemoniaca. Tratado de demonología y manual de exorcistas, explica que “la gente suele pensar que los pactos con el demonio solo existen en la literatura. Están equivocados. Hay personas que conscientemente, con toda advertencia, pactan con el diablo y le entregan el alma con tal de conseguir algo en esta vida”, señala.

En síntesis

Primero lo leyó todo: libros prohibidos, grimorios, hechizos. Investigó. Meditó. Cometió toda clase de pecados para hacerse digno de la presencia de Satanás. El proceso no fue sencillo. Una cosa es decidirse a negociar el alma y otra muy distinta adquirir los conocimientos necesarios para permutarla. Finalmente, después de muchos años de estudios y actos de vandalismo, el hombre inició el último rito. Velas, círculos de fuego, sacrificios, palabras mágicas, oraciones en lenguas muertas y prohibidas y el príncipe de las tinieblas apareció.

— ¿Qué quieres? —preguntó Satanás en tono confidencial.
— Vender mi alma.
— Imposible.
— ¿Por qué?
— Porque ya es mía.

El Pelado Investiga
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