¿De dónde proceden las brujas? ¿Existen realmente?

Mientras la gente confiaba en estas mujeres, que tenían la habilidad de sanar enfermedades a través de pócimas; dejar embarazadas aquellas mujeres que no podían tener hijos, o los campesinos pedir buenas cosechas, la Iglesia perseguía, tortura, ahorcaba y quemaba a las brujas.

“Entonces Saúl dijo a sus servidores: «Búsquenme una nigromante, para que yo vaya a verla y la consulte». Sus servidores le dijeron: Precisamente hay una nigromante en Endor” (I Samuel 28-7)

Sus predecesores aparecen en la Biblia, en la historia del rey Saúl que consulta a la así llamada «Bruja de Endor». También aparecen en el período clásico en la forma de la Estirge, un ser volador de la mitología clásica que succiona la sangre para poder sobrevivir. Este ser tiene forma de pájaro con alas parecidas a las de un murciélago y los ojos amarillos, cuatro patas con las que se agarra a sus víctimas y un pico alargado con el que succiona la sangre.

En la mitología griega, Circe, una hechicera que habita en la isla de Eea. Mediante el empleo de pociones mágicas, a sus enemigos les hacía olvidar su hogar y con una varita transformaba en animales a los que la ofendían, era famosa por sus conocimientos de brujería, herboristería y medicina.

Sin embargo, no fue hasta comienzos del Renacimiento que nuestra percepción moderna de las brujas se formó realmente. Y un hombre de esa época hizo más que ninguno para definir la forma en que todavía nos imaginamos a las brujas: el pintor y grabador Alberto Durero. En un par de grabados enormemente influyentes, Durero determinó lo que se convertiría en el estereotipo de la apariencia de una bruja. En «BRUJA MONTANDO UNA CABRA AL REVÉS» (Alberto Durero, 1500), podía ser vieja y abominable.

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Este último grabado mostraba a una vieja bruja desnuda sobre una cabra con cuernos, símbolo del demonio. Tiene ubres caídas por senos, una boca abierta por la que da alaridos e impreca y unas hilachas de cabello que apuntan en la dirección en la que se mueve de forma innatural (un signo de sus poderes mágicos). Incluso blande una escoba. He aquí a la matriarca de las brujas que hoy encontramos en la cultura popular.

Para los historiadores del arte, no obstante, la pregunta clave es de dónde sacaron los artistas del Renacimiento el modelo de esta visión espeluznante. Una teoría es que Durero y sus contemporáneos se inspiraron en la personificación de «INVIDIA» («ENVIDIA»), tal como la concibió el artista italiano Andrea Mantegna (1431-1506) en su grabado «LA BATALLA DE LOS DIOSES MARINOS».

La figura de ENVIDIA DE MANTEGNA creó en el Renacimiento la idea de que la bruja era una vieja harpía. INVIDIA era macilenta, sus pechos ya no servían para nada, lo que explica por qué sentía envidia de las mujeres y atacaba y se comía a los bebés. Frecuentemente tenía serpientes en la cabeza en lugar de cabello.

Un buen ejemplo de este tipo de bruja puede verse en un grabado italiano extraordinariamente intenso conocido como Lo Stregozzo («LA PROCESIÓN DE LA BRUJA», 1520). En él, una malévola bruja con la boca abierta, el cabello en desorden y ubres secas agarra un caldero humeante y monta un esqueleto monstruoso y fantástico. Su mano derecha enfila hacia la cabeza de un bebé de una pila de infantes a sus pies.

Este grabado se produjo durante la «era dorada» de la imaginería de brujas: los tumultuosos siglos XVI y XVII, cuando los despiadados juicios por brujería convulsionaban a Europa (el punto máximo de la caza de brujas se produjo entre 1550 y 1630).

Las historias y leyendas sobre brujas existen desde finales de la Edad Media, cuando en el continente europeo se desató una auténtica obsesión por la brujería y la herejía fruto de los temores de la religión dominante: el cristianismo. Las historias de brujas no se pueden entender sin el cristianismo, pues de la doctrina de esta fe nace una reacción. Esta reacción ante la palabra de Dios se manifestó de muchas maneras (todas ellas heréticas según la Iglesia, por supuesto), pero quizás sea el satanismo y todo lo relacionado con el Diablo lo más sugerente, inquietante y desconocido.

Durante la época del Imperio romano fueron los propios cristianos los acusados de celebrar reuniones clandestinas en las que degollaban niños, mantenían relaciones sexuales y adoraban a animales. En cuanto la cultura romana cayó y fueron los cristianos quienes dominaban la ideología y la moral, se apresuraron a redactar leyes contra las prácticas paganas como la adivinación o la astrología (CONCILIO DE LAODICEA, año 360) o el ejercicio de la magia (CÓDIGO TEODOSIANO, año 429).

En el año 906 se publicó el CANON EPISCOPI, un documento que ridiculizaba la idea de que pudieran existir realmente brujas que volaban sobre escobas y realizaban magia. Esta percepción cambió radicalmente a partir del siglo XIII, cuando la Iglesia comenzó a entender la brujería como una práctica común entre aquellos que querían establecer pactos con el Diablo. En 1249 comienza a funcionar la Inquisición de Aragón, la primera inquisición estatal del mundo, y en 1326 se publica la bula papal SUPER ILLIUS SPECULA, que equipara la brujería con la herejía.

En 1376 el catalán Nicholas Eymeric redacta el manual para inquisidores DIRECTORIUM INQUISITORIUM, en el que detalla cómo reconocer la brujería. Eymeric distingue tres tipos de brujería:

La brujería de aquellos que adoran a los demonios, arrodillándose ante ellos, quemando incienso y cantando oraciones

La brujería de aquellos que siguen un culto que mezcla nombres de demonios y de santos, rogando que los primeros hagan de mediadores ante Dios

La brujería de los que invocan demonios trazando figuras mágicas, colocando un niño en medio de un círculo

En 1484 el papa Inocencio VIII da por oficial la existencia de la brujería por medio de la bula SUMMIS DESIDERATIS AFFECTIBUS, en la que asegura que “gran número de personas de ambos sexos no evitan el fornicar con los demonios, y mediante sus brujerías, hechizos y conjuros hacen perecer la fecundidad de las mujeres”

La publicación del libro MALLEUS MALEFICARUM en Alemania en 1486 supone el inicio del famoso periodo llamado «Caza de Brujas». Gracias a este documento se extiende por toda Europa la idea de que, ciertamente, las brujas existen y que han de ser perseguidas. Durante los siguientes doscientos años el MAELLUS MALEFICARUM -EL «MARTILLO DE LAS BRUJAS»– fue el manual de referencia para inquisidores, jueces y cazadores de brujas.

Se realizaron docenas de nuevas ediciones (en 1574, en 1669), y fue el libro más vendido durante la Edad Moderna en Europa (después de la Biblia). El mayor número de juicios coincide con el periodo de enfrentamiento entre católicos y protestantes. Es un hecho a tener en cuenta, aunque las dos facciones cristianas creían en la existencia de la brujería (ambas la situaban en el otro lado).

No hay consenso sobre el resultado de la caza de brujas. Este periodo se fecha entre 1450 y 1750, y el número de víctimas suele cifrarse en torno a las 60.000, si bien hay autores que hablan de hasta tres o cinco millones. La gran mayoría de ellas fueron mujeres, mucho más inclinadas al pecado a ojos de la Iglesia. La misoginia (aversión a las mujeres o falta de confianza en ellas) que arrastraba la Iglesia desde su fundación tuvo una importancia evidente durante la caza de brujas. Se consideraba a las mujeres más receptivas a la influencia del Demonio, y por tanto más proclives a convertirse en brujas.

Los estereotipos también afectaban a otros grupos de la población como los judíos, a quienes siempre se había mirado con recelo y superstición. De hecho las reuniones de brujas se denominaban «SABBAT», el sábado hebreo. En la Edad Media, el anti judaísmo estuvo muy extendido entre la sociedad cristiana, y se popularizaron creencias e historias negativas hacia la fe judía. Uno de estos rumores contaba que los judíos tenían el sábado como día de descanso para reunirse en secreto y realizar actividades satánicas.

La Ilustración trae algo de luz al Viejo Continente y poco a poco la obsesión por las brujas va descendiendo. A lo largo del siglo XVIII tienen las últimas condenas por brujería (en Francia en 1746, en España en 1781, en Polonia en 1793). En el Nuevo Mundo sin embargo todavía se vivió una oleada de quema de brujas durante el siglo XIX.

Algunos de los episodios más famosos de la Caza de Brujas fueron los JUICIOS DE LIECHTENSTEIN entre 1679 y 1682, en los que se ejecutó a 100 brujas, o los JUICIOS DE SALEM, entre 1692 y 1693, en Nueva Inglaterra, que llevaron a 50 personas a la cárcel y han tenido mucha trascendencia en la cultura popular. La principal acusación a la que se enfrentaban las brujas era de culto al Demonio, aunque también solían ser comunes las acusaciones de infanticidio o canibalismo, tal y como se señala en DE DEMONOMANIE DES SORCIERS, obra editada en París en 1580 y que sirvió como guía para establecer el delito de brujería.

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Las brujas tenían un oficio en particular: herborista. ¿Y que es ser un herborista? Eran profesionales del herborismo, es decir, el uso de hierbas. Su actividad consiste en la recolección y acopio de plantas medicinales para utilizarlas de forma comercial o terapéutica.

A partir del siglo XIX y durante el siglo XX, en los cuentos infantiles han sido recurrentes las apariciones de brujas. Las más conocidas son la madrastra de Blancanieves, que trata de asesinar a la joven con una manzana envenenada, y la bruja de la casita de chocolate de Hansel y Gretel, que pretende comerse a los dos niños.

En la cultura popular rusa aparece también una importante bruja, BABA YAGA, mucho más malvada y terrorífica que las brujas occidentales. Es un personaje recurrente en el folclore y la mitología eslava. Es vieja, huesuda y arrugada, con la nariz azul y los dientes de acero, posee una pierna normal y una de hueso por lo que a menudo se le da el apelativo de «BABA YAGÁ PATA DE HUESO». Estas dos piernas representan al mundo de los vivos y el mundo de los muertos por los que deambula.

La relación entre las brujas y los niños es recurrente en las historias, y si bien en los siglos más recientes los padres utilizaron la figura de la bruja como amenaza para corregir el comportamiento de sus hijos, durante la Edad Media y la Edad Moderna la población realmente creyó que las hechiceras buscaban a los más pequeños para robarlos y asesinarlos.

Era corriente que las brujas merodearan cerca de mujeres embarazadas o sobrevolaran con sus escobas a grupos de niños. Estaban siempre pendientes de raptarlos.

Los documentos acusatorios de la época de la Caza de Brujas ASEGURABAN QUE LAS BRUJAS SACRIFICABAN NIÑOS EN HONOR DEL DEMONIO, COMÍAN CARNE HUMANA Y BEBÍAN SANGRE. A los encuentros con el Diablo las brujas podían llevar bebés o niños bien para iniciarles en la magia negra y hacerles renegar del cristianismo o para entregarlos en sacrificio a Satanás. La imagen de un grupo de brujas sobrevolando el cielo nocturno dirigiéndose al “Sabbat” era algo que muchos aseguraron contemplar. En los juicios, y tras muchas torturas, las acusadas llegaban a confesar este tipo de prácticas.

Normalmente solemos pensar en brujas viejas y desagradables, pero todas ellas tenían el poder de la transformación, y podían adoptar formas juveniles y bellas para atraer a los hombres a su perdición. Es por eso que en ocasiones se representan como bellas de pelo largo y mirada profunda. También eran capaces de convertirse en animales, preferentemente según la cultura popular europea en GATOS NEGROS.

El resto de animales asociados a la brujería son el sapo (utilizado por las hechiceras para crear fórmulas a partir de sus hígados y glándulas), la rata (debido a la Peste Negra, en Europa se identificó con una maldición que provocaba terribles enfermedades), la serpiente (el demonio que pervirtió a Adán y Eva), el búho (el sabio nocturno) y el cuervo (completamente negro y relacionado con el espionaje). Todos estos animales aparecen en las historias antes de que ocurra algo relacionado con las brujas.

De manera generalizada -y pese a que inicialmente la Iglesia se mostró escéptica-, se atribuía a las brujas la capacidad de desplazarse volando. El vuelo lo podían realizar subidas sobre animales o demonios, si bien lo más normal es que lo hicieran a través de palos o escobas.

El simbolismo de la escoba tiene varias interpretaciones. Según algunos autores representa un símbolo fálico, en consonancia con la promiscuidad sexual de las brujas. El sexo y la brujería han estado siempre relacionados. Ambos han sido rechazados por la doctrina de la Iglesia y ambos suponen pecados ante los ojos de Dios. Las brujas solían mantener relaciones sexuales con demonios, según las historias. Otras teorías más sencillas tratan de explicar la presencia de la escoba en la brujería por ser un objeto cotidiano asociado con la mujer, que era la que realizaba las tareas del hogar. Los hombres no utilizaban la escoba para nada.

En el cuadro VUELO DE BRUJAS, Francisco de Goya nos muestra una escena en la que tres brujas levitan sobre el suelo sin necesidad de portar escobas. Esto lo conseguían según la tradición popular a través de ungüentos mágicos. Al parecer están raptando a uno de los tres hombres que avanzaban por el monte una noche. Otro de los compañeros se tapa los oídos en el suelo para no sucumbir ante el hechizo, y el tercer hombre se cubre con una manta y cruza los dedos contra el mal de ojo. El asno de los comerciantes ha sido más inteligente y se ha quedado en el camino, al fondo.

El mal de ojo es uno de los conjuros más utilizados en la magia negra, aquel tipo de magia que se realizaba con fines maléficos, y se atribuía constantemente a las brujas aquelárricas. Este hechizo consistía en provocar desgracias, enfermedades o incluso la muerte únicamente con la mirada. Era muy típico que los campesinos europeos colocaran amuletos en sus casas para prevenir este tipo de hechizos.

Durante el final de la Edad Media la Iglesia no distinguía entre magia buena o magia mala, como sí hacía la población. Popularmente se entendía la magia como un regalo de Dios, como una manifestación del poder de Dios en la Tierra. Sin embargo la Inquisición entendió que la magia era la prueba de que el mundo se estaba corrompiendo por obra de Satanás y sus seguidores, y persiguió todo tipo de manifestaciones mágicas.

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Mientras la gente confiaba en estas mujeres, que tenían la habilidad de sanar enfermedades a través de pócimas; dejar embarazadas aquellas mujeres que no podían tener hijos, o los campesinos pedir buenas cosechas, la Iglesia perseguía, tortura, ahorcaba y quemaba a las brujas.

La relación entre el pueblo llano, las autoridades eclesiásticas y las brujas se resume muy bien con la festividad de la NOCHE DE WALPURGIS, celebrada en varios países del centro y norte de Europa (Alemania, Holanda, Suecia…). En lo que parece una herencia vikinga, esta noche inicialmente se conocía como la FESTIVIDAD DE BELTANE, en la que se adoraba al dios del Fuego, BELENOS, encendiendo hogueras y bailando para ahuyentar a los espíritus malignos. Sin embargo la Iglesia vio prácticas heréticas en esta fiesta pagana, y la prohibió.

A partir del año 870, aprovechando la canonización de SANTA WALPURGA el 1 de mayo, la FESTIVIDAD DE BELTANE pasó a conocerse como la NOCHE DE WALPURGIS. Sin embargo la gente de los pueblos y los campesinos siguieron su tradición de encender hogueras y bailar, como siempre habían hecho en esa fecha. Es por eso que con el paso de los tiempos la NOCHE DE WALPURGIS se asoció a la brujería, y corrió el rumor por Europa de que era una noche en la que las brujas se reunían para celebrar demoníacos rituales.

Las brujas eran mujeres que renegaban de Dios, y por tanto el primer paso para que una muchacha completara su transformación en hechicera maléfica era jurar la fe en Satanás. Después, el mismo Diablo se presentaba ante la nueva pretendiente en forma humana, de gato o de macho cabrío y le hacía una marca, significando así que una nueva bruja seguidora del Demonio había nacido. Luego, las brujas celebraban la llamada “MISA NEGRA”, en la que comían hostias de ese color y recitaban cánticos cristianos del revés. También celebraban banquetes (con carne humana en ocasiones) y bailes. Todos estos actos tenían lugar en el SABBAT.

En la Península Ibérica se adoptó la palabra «aquelarre», procedente del idioma euskera, para denominar los encuentros de brujas. En euskera AKER significa macho cabrío y LARRE, prado. El macho cabrío negro de los Pirineos es un buen ejemplo de animal asociado al mismísimo Satanás, tradicionalmente representado con cuernos y pezuñas de cabra. Estos aquelarres tenían lugar en lo profundo del bosque o en cuevas, en lugares apartados.

Durante los siglos XVI y XVII se registraron en España muchos aquelarres, principalmente en el País Vasco, Islas Canarias y Cataluña. En las Islas Canarias se tiene constancia de brujería en San Sebastián de la Gomera (1653), Icod (1686) y especialmente en la región montañosa de Anaga, al noroeste de la isla de Tenerife, donde a partir de las doce de la noche las brujas se reunían para bailar alrededor de hogueras. En Canarias la creencia popular añadió una característica vampírica a las brujas: se decía que succionaban la sangre de los recién nacidos mientras dormían en sus cunas.

Por su parte, en la región vasca hay documentación sobre presencia de brujas en Amboto (1500), Zeberio (1555), Tolosa (1595), Lapurdi (1609), Fuenterrabía (1611), Azpeitia (1621)… aunque sin duda el más famoso de todos es el caso de Zugarramurdi, en el Pirineo navarro. Tras recibir noticias de una presencia masiva de brujas en las montañas cercanas a Zugarramurdi, comenzó un proceso judicial llevado a cabo por el tribunal de la Inquisición de Logroño. El auto de fe se publicó en noviembre de 1610, y se saldó con once mujeres muertas, seis de ellas quemadas vivas.

En Cataluña la brujería tuvo una importancia especial, causando un gran impacto entre la población. Hay multitud de testimonios escritos que corroboran la presencia de brujas en decenas de pueblos y ciudades, y se abrieron muchos juicios para condenar a las mujeres acusadas. La mayoría tuvieron lugar en el interior de la actual provincia de Girona, en pueblos pequeños, pero también se dieron en ciudades como Sabadell, donde en enero de 1620 se torturó a Guilleuma Roberta y Joana Sol.

Gracias a los documentos de los juicios, han sobrevivido hasta la actualidad los nombres de las condenadas por brujería. En el caso de Cataluña, se conoce el nombre y la vida de muchas mujeres acusadas, como Antonia Salamó y Joana Oliver en Granera, Margarita Font en Montseny, o Eulalia Olivos en Castellar del Vallés. Todas ellas fueron torturadas antes de confesar los hechos. Cuando no eran ahorcadas o quemadas podían ser obligadas al exilio. El pueblo de Viladrau, con 14 mujeres muertas en la horca, fue el municipio catalán con más condenadas. Durante los siglos XVI y XVII era todo un acontecimiento popular los juicios por brujería, y a los ahorcamientos acudía una gran multitud de vecinos, que insultaba a las mujeres condenadas.

Además de los bailes, banquetes y todo lo que se relacionaba con la liturgia satánica, durante los aquelarres estaba muy presente el sexo. Los aquelarres eran la adoración colectiva al Diablo, y esto se podía hacer de muchas maneras. Una forma de violar las reglas de la Iglesia y sus códigos de conducta era dejarse llevar por los impulsos sexuales. Es por eso que en las descripciones de los aquelarres aparecen las relaciones sexuales con íncubos y súcubos, un tipo de demonios promiscuos que se aparecían por la noche con la única intención de seducir.

La presencia del sexo en este tipo de encuentros satánicos tiene su explicación en la tradición pagana clásica, en la que el dios Pan aparecía como un personaje lascivo. Por algo era el dios de la fertilidad. Los primeros cristianos señalaron a Pan como símbolo del pecado, y su forma de cabra se trasladó a la imagen de propio Satanás, representado desde entonces como un ser con pezuñas, cola y cuernos.

Ilustración del OSCULUM INFAME extraída del Compendium Maleficarum, 1659

Además, uno de los momentos más importantes durante los aquelarres era el conocido como “BESO INFAME” (OSCULUM INFAME, en latín), que consistía en besar “LA OTRA BOCA” del Diablo: SU ANO. Los testimonios de las mujeres en los juicios por brujería confirman que el primer paso para adorar a Satanás era besarle el trasero. Muchas mujeres se convertían en brujas tras realizar este beso a gatos negros, cabras o sapos, creyendo que se lo estaban dando al Diablo.

Durante los encuentros de brujas era también muy común el uso de sustancias psicotrópicas, que permitían a los participantes tener visiones y alucinaciones. Sin duda la brujería debe entenderse no desde supersticiones ridículas de vuelos y magia, sino en cosas mucho más simples y reales como el sexo y las drogas. Elementos que han acompañado desde siempre al ser humano, y que desde siempre las autoridades religiosas han tratado de limitar y criticar.

Aun así es cierto que la brujería llegó a trascender a estos simples placeres, y se convirtió en algo mucho más profundo, creando todo un sistema de pensamiento y forma de entender el mundo. De hecho en 1953 se presentó de manera oficial la Wicca, un movimiento religioso neopagano asociado con la brujería.

Anton Szandor LaVey, escritor, músico y ocultista estadounidense, el 30 de abril de 1966, funda la Iglesia de Satán. Es la primera organización en la historia que abiertamente está dedicada a la profesión de lo que sus adeptos dicen es la verdadera naturaleza del hombre: que es una bestia carnal, que vive en un cosmos, el cual está permeado y motivado por las fuerzas oscuras a las cuales llaman Satán.

En síntesis:
¿Se seguirán celebrando aquelarres en este siglo XXI? La próxima vez que veamos una cabra quizás nos recorra el cuerpo un escalofrío… ¿Existen realmente? las brujas no existen, pero de que las hay, las hay.

El Pelado Investiga
Recopilación e Investigación

Flyer promoción de El Pelado Investiga en su columna exclusiva para el programa de radio «UN NUEVO DÍA» que conduce Rafael Salomón, por Radio Fe Latina, los días sábados.
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